El Daguerrotipo: Historia del primer procedimiento fotográfico comercial

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Hay imágenes que no se olvidan. Una de ellas es una vista del Boulevard du Temple en París, captada en 1838 o 1839, en la que una ciudad entera aparece completamente desierta excepto por dos figuras diminutas junto a una esquina: un hombre que se está limpiando los zapatos y el limpiabotas que lo atiende. Son, posiblemente, las primeras personas fotografiadas en la historia. No estaban posando. Simplemente permanecieron quietas el tiempo suficiente —entre diez y quince minutos de exposición— para quedar impresas en una placa de plata pulida. Todos los demás, los carruajes, los peatones, el bullicio de una mañana parisina, se movieron demasiado deprisa para la luz. El tiempo los borró.

Louis-Jacques-Mandé Daguerre, Boulevard du Temple en París
Louis-Jacques-Mandé Daguerre, Boulevard du Temple en París

Esta imagen, tomada por Louis-Jacques-Mandé Daguerre, es la carta de presentación del daguerrotipo: un invento que cambió para siempre la manera en que los seres humanos se relacionan con su propia imagen, con la memoria y con la realidad visible.

¿Qué es exactamente un daguerrotipo?

Un daguerrotipo es una imagen fotográfica única, irreproducible, formada sobre una placa de cobre recubierta de plata pulida hasta alcanzar una calidad casi especular. No existe un negativo a partir del cual obtener copias. Cada daguerrotipo es, en sí mismo, el original y la única versión de la imagen que existe en el mundo. Esta cualidad lo convierte en algo profundamente diferente de cualquier otro medio fotográfico posterior: no es un documento del que se pueda tirar una edición, sino un objeto único, casi como una miniatura pintada o una medalla acuñada.

La imagen que se forma en la placa está compuesta por partículas de amalgama de plata y mercurio de tamaño nanométrico, tan pequeñas que la resolución de un buen daguerrotipo supera con creces la de cualquier película fotográfica del siglo XX. Observado bajo una lupa de alta potencia, un daguerrotipo revela detalles asombrosos: la trama de un tejido, las venas de una hoja, la expresión tensa de alguien intentando no moverse durante un minuto entero.

La placa tiene, además, una cualidad fantasmal. Dependiendo del ángulo desde el que se mire, la imagen aparece como positivo o como negativo, cambia de tono, parece hundirse o flotar en la superficie metálica. Hay algo hipnótico en esa inestabilidad visual, algo que ninguna fotografía posterior ha conseguido replicar del todo.

Los precursores: el camino hacia la imagen fija

Para entender el daguerrotipo hay que entender que no surgió de la nada. Fue la culminación de décadas de experimentos, fracasos y observaciones parcialmente correctas sobre la naturaleza de la luz y la química de ciertos materiales.

La cámara oscura, el antecedente óptico directo de la cámara fotográfica, existía desde el siglo XVI. Artistas como Vermeer, Canaletto y posiblemente Caravaggio la usaron como herramienta de apoyo para sus pinturas. La cámara oscura proyectaba una imagen brillante y precisa del mundo exterior sobre una superficie, pero esa imagen desaparecía en cuanto se interrumpía la luz. Nadie sabía cómo fijarla.

El primer paso serio hacia esa fijación lo dio Johann Heinrich Schulze en 1727, cuando descubrió que las sales de plata se oscurecían al exponerse a la luz solar. No era fotografía todavía, pero era la observación fundamental sin la cual nada de lo que vino después habría sido posible.

En 1800, Thomas Wedgwood, hijo del famoso ceramista Josiah Wedgwood, logró obtener imágenes de siluetas colocando objetos sobre papel o cuero impregnado en nitrato de plata y exponiéndolos al sol. El problema era que las imágenes no se podían fijar: en cuanto se sacaban a la luz, seguían oscureciéndose hasta volverse completamente negras. Wedgwood murió en 1805 sin haber resuelto el problema.

El mérito de crear la primera imagen fotográfica permanente recae sobre Joseph Nicéphore Niépce, un inventor francés de Chalon-sur-Saône. Niépce llevaba años experimentando con distintos materiales sensibles a la luz. En 1826 o 1827 —la fecha exacta sigue siendo objeto de debate entre historiadores— obtuvo lo que se conoce como la «Vista desde la ventana en Le Gras», la fotografía más antigua que se conserva en el mundo. La tomó con una cámara oscura, usando una placa de peltre recubierta de betún de Judea, un asfalto natural que se endurece al exponerse a la luz. El tiempo de exposición fue de varias horas, quizás de un día entero o más, lo que explica que el sol aparezca iluminando simultáneamente las fachadas a ambos lados del patio interior. La imagen resultante es casi ilegible para el ojo moderno, pero existe. Es real. Y es permanente.

Nicéphore Niépce, Vista desde la ventana en Le Gras
Nicéphore Niépce, Vista desde la ventana en Le Gras

Niépce llamó a su proceso heliografía, escritura del sol. En 1829, ya mayor y con recursos económicos cada vez más escasos, firmó un contrato de sociedad con un hombre mucho más joven y con más habilidades para la promoción: Louis Daguerre.

Louis Daguerre: el inventor como espectáculo

Louis-Jacques-Mandé Daguerre nació en 1787 en Cormeilles-en-Parisis, en el seno de una familia modesta. Desde joven mostró talento para el dibujo y la tramoya teatral, y durante años trabajó como escenógrafo y decorador. En 1822 abrió en París el Diorama, un espectáculo de entretenimiento basado en gigantescos lienzos pintados que, mediante efectos de luz cuidadosamente calculados, podían dar la ilusión de movimiento, transformación climática o cambio de hora del día. El Diorama fue un éxito comercial enorme y convirtió a Daguerre en una figura pública de cierto relieve en la capital francesa.

Para pintar los lienzos del Diorama con la precisión necesaria, Daguerre usaba la cámara oscura. Y como todos los que la usaban, soñaba con encontrar la manera de que la imagen proyectada se fijara sola, sin necesidad de ser reproducida a mano. Fue por esa razón que en 1826 contactó con el óptico Charles Chevalier, quien le habló de los experimentos de Niépce.

La colaboración entre Niépce y Daguerre duró cuatro años, hasta la muerte de Niépce en 1833. En ese tiempo, los avances fueron modestos. Daguerre siguió experimentando por su cuenta, y según su propio relato —que hay que tomar con cierta cautela, dado su instinto para la narración dramática— descubrió por accidente el proceso del revelado con vapor de mercurio. La historia, que quizás sea apócrifa pero que circuló ampliamente en el siglo XIX, dice que Daguerre dejó una placa de plata expuesta pero poco revelada dentro de un armario donde había un termómetro roto. Al día siguiente, la imagen había aparecido completamente. El mercurio del termómetro, vaporizado por el calor, había actuado como revelador. Verdadera o no, la anécdota captura algo esencial del espíritu de muchos inventos: el azar como colaborador imprescindible.

Lo que sí está documentado es que para 1835 Daguerre tenía ya un proceso estable. Y para 1838 había obtenido imágenes de calidad suficiente para mostrárselas a personajes influyentes, entre ellos al astrónomo y político François Arago, que quedaría impresionado y convertiría en su misión personal presentar el invento ante el mundo.

El 19 de agosto de 1839: el día que cambió la visión del mundo

La fecha es fundamental. El 7 de enero de 1839, Arago anunció ante la Academia de Ciencias de París la existencia del daguerrotipo. El anuncio fue suficientemente vago como para generar una expectación enorme pero no revelar el procedimiento. Las pocas personas que pudieron ver las imágenes de Daguerre quedaron atónitas. El pintor Paul Delaroche, al contemplar un daguerrotipo, pronunció una frase que se hizo célebre de inmediato: «A partir de hoy, la pintura ha muerto.» La frase era exagerada, por supuesto, pero capturaba el impacto psicológico del invento.

Presentación del daguerrotipo
Presentación del daguerrotipo

El 19 de agosto de 1839, Arago presentó el proceso completo ante una sesión conjunta de la Academia de Ciencias y la Academia de Bellas Artes. Fue un acontecimiento extraordinario. La sala estaba tan abarrotada que muchos asistentes tuvieron que quedarse fuera, en los jardines del Instituto de Francia, escuchando a través de las ventanas abiertas. Ese mismo día, el gobierno francés hizo pública la técnica al mundo entero, declarando que Francia la regalaba «libre y gratuitamente a toda la humanidad.» Una semana después, el óptico Noël Paymal Lerebours vendió más de cincuenta kits de daguerrotipo en una sola tarde.

La decisión del gobierno francés de hacer público el proceso de forma gratuita no era del todo altruista. Daguerre había negociado previamente una pensión vitalicia de seis mil francos anuales para sí mismo y de cuatro mil para el hijo de Niépce, Isidore, que había heredado los derechos de su padre. El Estado pagaba. El mundo ganaba el invento.

El proceso paso a paso: la alquimia del daguerrotipo

El procedimiento para obtener un daguerrotipo es una secuencia de pasos delicados, en algunos puntos peligrosos, que combina metalurgia, química y óptica. Entender cada fase ayuda a comprender tanto la maravilla técnica que representó como las razones de su eventual declive.

Proceso del daguerrotipo
Proceso del daguerrotipo

Preparación de la placa

El soporte es una placa de cobre sobre la que se ha adherido o laminado una fina capa de plata pura. Antes de comenzar el proceso, la placa debe estar perfectamente pulida, literalmente hasta que actúe como un espejo. Cualquier rasguño, huella digital o irregularidad quedará visible en la imagen final. Los daguerrotipos de mayor calidad comenzaban con una placa pulida a mano durante horas con piedra pómez, óxido de estaño y, finalmente, piel suave.

Sensibilización con vapores de yodo

La placa pulida se coloca boca abajo sobre una caja que contiene cristales de yodo. Los vapores de yodo ascienden y reaccionan con la plata de la superficie, formando una capa de yoduro de plata, un compuesto sensible a la luz. El daguerrotipista controla la sensibilización por el color de la placa: debe pasar por una gradación de amarillo pálido, amarillo dorado y, finalmente, llegar a un tono rosado o violáceo que indica la sensibilización correcta. Este proceso dura entre dos y diez minutos, según la temperatura.

En años posteriores se añadieron otros halógenos al proceso. El bromuro de potasio, en particular, aumentaba significativamente la sensibilidad a la luz, reduciendo los tiempos de exposición de varios minutos a apenas unos segundos, lo que hizo posible el retrato sin el sufrimiento de la inmovilidad prolongada.

La exposición en la cámara

La placa sensibilizada se coloca en la cámara oscura, protegida de la luz en su portaplacas, y se expone al sujeto. Los primeros tiempos de exposición, en condiciones de luz exterior brillante, eran de entre diez y treinta minutos. Con las mejoras en la sensibilización y en la óptica de los objetivos, estos tiempos se redujeron dramáticamente: para 1841 era posible retratar a una persona en menos de un minuto, y para mediados de la década de 1840, con buena luz, en apenas diez o veinte segundos.

Durante la exposición, no se forma ninguna imagen visible. La placa tiene lo que se denomina una «imagen latente»: la huella de la luz está ahí, inscrita en el estado energético de los cristales de yoduro de plata, pero completamente invisible.

El revelado con vapor de mercurio

Este es el paso más espectacular y también el más peligroso. La placa expuesta se coloca boca abajo sobre una cubeta de mercurio que se calienta hasta los sesenta o setenta grados centígrados. Los vapores de mercurio ascienden y se amalgaman preferentemente con los cristales de yoduro de plata que han sido activados por la luz, formando partículas de amalgama de plata y mercurio que componen la imagen visible. Las zonas que no recibieron luz permanecen como plata pura y aparecen oscuras o grises.

El daguerrotipista observa la placa a través de una ventanilla lateral durante el revelado, sacándola cuando la imagen ha alcanzado su pleno desarrollo. Si se revela demasiado poco, la imagen queda débil y sin detalle. Si se revela en exceso, las sombras se llenan de mercurio y la imagen pierde contraste y definición.

El mercurio es, por supuesto, altamente tóxico. Los talleres de daguerrotipo del siglo XIX debían ventilarse bien, y muchos daguerrotipistas sufrieron los efectos crónicos de la intoxicación por mercurio: temblores, pérdida de dientes, deterioro cognitivo. Nadie lo relacionaba entonces directamente con su oficio; era la «enfermedad de los retratistas», de causa desconocida.

El fijado con tiosulfato de sodio

La imagen revelada no es aún estable. Los cristales de yoduro de plata que no han reaccionado siguen siendo sensibles a la luz; si la placa se expone, se oscurecerán y arruinarán la imagen. El fijado elimina estos cristales no expuestos, dejando únicamente la imagen de amalgama sobre la plata. Daguerre usaba inicialmente una solución de cloruro sódico —sal de cocina— para fijar, pero el método era imperfecto. Rápidamente se adoptó el tiosulfato de sodio, conocido entonces como «hiposulfito de sodio», que había sido descubierto por el científico inglés John Herschel y que resultó mucho más eficaz. Herschel también acuñó los términos «positivo» y «negativo» para la fotografía, aunque en el caso del daguerrotipo, por su carácter de imagen única, la distinción positivo/negativo es más filosófica que técnica.

El virado al oro

Aunque no era obligatorio en los primeros tiempos, el virado con cloruro de oro se convirtió en práctica estándar a partir de 1840, cuando fue propuesto por el físico Hippolyte Fizeau. El proceso consiste en cubrir la placa con una solución de cloruro de oro caliente, que sustituye el mercurio de la amalgama por oro metálico. El resultado es una imagen más contrastada, más resistente a la abrasión y con una calidad tonal más rica. Un daguerrotipo virado al oro tiene una calidez y una profundidad que los no virados raramente alcanzan.

El montaje y la protección

Los daguerrotipos son extraordinariamente frágiles. La imagen no está sobre una capa protectora de gelatina como en los negativos posteriores, sino sobre la superficie desnuda de la plata. Un simple roce con el dedo puede destruirla de forma irreparable. Por esa razón, los daguerrotipos siempre se montaron en estuches cerrados, separados del vidrio de protección por un pequeño paspartú de papel o cobre que impedía el contacto entre la imagen y el cristal. Estos estuches, generalmente de cuero, terciopelo y metal, son objetos bellísimos en sí mismos, pequeñas cápsulas del tiempo que llegaron a producirse en millones de unidades.

El daguerrotipo y el retrato: democratizar la imagen del rostro

Antes del daguerrotipo, tener un retrato era privilegio de los adinerados. Una miniatura al óleo o una acuarela pintada por un artista consumía semanas de trabajo y costaba lo que un obrero ganaba en varios meses. Las siluetas de papel eran más baratas pero transmitían poco de la personalidad del retratado. En términos prácticos, la mayoría de los seres humanos vivían y morían sin que existiera ninguna imagen de su rostro.

El daguerrotipo cambió esto de una manera brutal y definitiva. Un retrato daguerrotípico de tamaño estándar —el «sexto de placa», de aproximadamente 7×8 centímetros— costaba en los años 1840 entre uno y cinco dólares en Estados Unidos, o entre diez y veinte francos en Francia. No era barato para las clases más humildes, pero estaba al alcance de artesanos, pequeños comerciantes, empleados y profesionales liberales. La clase media, esa gran protagonista del siglo XIX, encontró en el daguerrotipo su espejo definitivo.

Los estudios fotográficos proliferaron con una velocidad que asombra incluso desde la perspectiva actual. En Nueva York, que se convirtió en el epicentro mundial del daguerrotipo comercial, había en 1853 más de ochenta estudios solo en Broadway. En París, en 1851, se estimaba que existían entre cien y ciento cincuenta establecimientos dedicados al daguerrotipo. En ciudades más pequeñas operaban daguerrotipistas ambulantes que viajaban de pueblo en pueblo con su equipo portátil, montando estudios improvisados en habitaciones de hoteles o en tiendas de campaña.

La experiencia de hacerse un daguerrotipo era ritualizante. Los sujetos se vestían con sus mejores ropas, se peinaban con esmero. Los estudios disponían de sillas, columnas decorativas, fondos pintados y reposacabezas metálicos —los temidos «posicionadores de cabeza», instrumentos de tortura aparentemente, diseñados para mantener inmóvil al sujeto durante los segundos de exposición—. El daguerrotipista recomendaba no sonreír: sostener una sonrisa durante varios segundos sin que temblara requería una destreza muscular que pocos tenían, y el resultado solía ser una mueca grotesca. Por eso los retratos daguerrotípicos tienen esa expresión seria, casi solemne, que hoy interpretamos como severidad victoriana pero que era en gran medida una respuesta práctica a las limitaciones técnicas.

La introducción del color y otras innovaciones

El daguerrotipo original producía imágenes en escala de grises, aunque con una paleta tonal extraordinariamente matizada. La imagen no era blanco y negro sino plata y sombra: los tonos variaban del blanco brillante al negro profundo, pasando por todos los grises imaginables.

La ausencia de color era sentida como una limitación importante, especialmente en los retratos, donde el color de la piel y la ropa era parte esencial de la identidad del sujeto. Muy pronto surgieron los «iluminadores» o coloreadores: artistas especializados en añadir a mano, con pinceles de pelo finísimo, pequeñas cantidades de pigmento seco —generalmente polvo de color mezclado con goma arábiga— en las mejillas, los labios, los ojos y las joyas de los retratados. Los mejores daguerrotipos coloreados son obras de arte menores pero genuinas, objetos de una delicadeza extraordinaria.

También se experimentó con daguerrotipos estereoscópicos, que al observarse a través de un visor especial creaban una impresión convincente de tridimensionalidad. Y con daguerrotipos a gran formato: los «mammoth plates» de algunos fotógrafos americanos, como el retratista Martin Van Buren Brady —que más tarde documentaría la Guerra Civil americana con daguerrotipos y colodión—, llegaban a medir más de 50 centímetros por lado.

Uno de los usos más fascinantes fue la astronomía. En enero de 1840, el estadounidense John William Draper obtuvo el primer daguerrotipo de la Luna, apenas cinco meses después del anuncio público del proceso. En 1845, los físicos franceses Léon Foucault e Hippolyte Fizeau obtuvieron el primer daguerrotipo del Sol con detalle de manchas solares. La fotografía astronómica nacería aquí y no volvería la vista atrás.

El daguerrotipo en América: una obsesión nacional

Si en Europa el daguerrotipo fue recibido como un prodigio científico y estético, en Estados Unidos se convirtió en una verdadera fiebre popular. La democracia americana, con su énfasis en la igualdad formal y su cultura de la autopromoción, encontró en el daguerrotipo la herramienta perfecta para la autorepresentación.

El inventor y artista Samuel Morse, que se hallaba en París en enero de 1839 en conversaciones sobre su propio invento —el telégrafo— conoció a Daguerre y quedó electrizado. Sus cartas a periódicos americanos describiendo el daguerrotipo generaron una expectación enorme antes de que llegara la primera cámara a suelo estadounidense.

Para 1840, apenas meses después del anuncio francés, existían estudios comerciales en Nueva York, Philadelphia y Boston. Para 1853, se producían en Estados Unidos más de tres millones de daguerrotipos al año, según estimaciones de la época. En proporción a la población, ningún otro país fotografiaba tanto a sus ciudadanos.

Esta pasión americana por el daguerrotipo tuvo consecuencias culturales de largo alcance. Permitió que figuras históricas como el presidente John Quincy Adams, el escritor Edgar Allan Poe, la abolicionista Harriet Beecher Stowe o el esclavo liberado y activista Frederick Douglass quedaran registrados para la posteridad con un grado de realismo que ningún retrato pintado podía igualar. Douglass, de hecho, fue el norteamericano más fotografiado del siglo XIX, que usó deliberadamente su imagen pública para contrarrestar los estereotipos racistas y reivindicar la plena humanidad de los hombres y mujeres negros.

Los grandes maestros del daguerrotipo americano alcanzaron una reputación que trascendía lo artesanal. Mathew Brady en Nueva York, Albert Southworth y Josiah Hawes en Boston, Marcus Aurelius Root en Philadelphia: estos hombres eran considerados artistas de pleno derecho, y sus galerías eran lugares de exposición y visita social tanto como estudios comerciales.

Albert Southworth y Josiah Hawes
Albert Southworth y Josiah Hawes

Los competidores: calotipo, ambrotipia y el final del daguerrotipo

El daguerrotipo dominó la fotografía comercial durante una década y media, pero desde sus primeros años convivió con procesos competidores que atacaban sus principales debilidades: la imposibilidad de hacer copias y el coste relativamente elevado.

El calotipo, inventado por el inglés William Henry Fox Talbot en 1841, funcionaba mediante un negativo de papel a partir del cual se podían obtener copias positivas en número ilimitado. Era el principio del proceso negativo-positivo que dominaría la fotografía durante el siglo y medio siguiente. El calotipo nunca llegó a competir seriamente con el daguerrotipo en calidad de imagen —el papel del negativo producía imágenes de grano mucho más grueso— y además Talbot lo patentó agresivamente, lo que limitó su difusión. Sin embargo, Talbot sentó las bases conceptuales del sistema fotográfico que eventualmente desplazaría al daguerrotipo.

La solución de compromiso llegó a principios de la década de 1850 con el proceso al colodión húmedo, introducido por el inglés Frederick Scott Archer en 1851. El colodión permitía obtener negativos de vidrio de una nitidez comparable a la del daguerrotipo, con tiempos de exposición igualmente breves y, crucialmente, a partir de los cuales se podían hacer copias en papel en cantidad. Además, Archer no patentó su proceso, dejándolo de uso público y libre.

Dentro del sistema de colodión surgió la ambrotipia —que producía un positivo único sobre vidrio, más barato que el daguerrotipo pero igualmente no reproducible— y la ferrotipia o tintipo, un positivo sobre una fina lámina de metal lacado que era tan barato y resistente que se convirtió en la fotografía del pueblo llano durante las décadas de 1860 y 1870.

Para mediados de la década de 1850, el daguerrotipo estaba en decadencia. Para 1860 era casi un anacronismo comercial, aunque algunos estudios lo mantuvieron durante años como opción de lujo para quienes valoraban la incomparable calidad tonal de la placa de plata. El último estudio daguerrotípico comercial activo en Estados Unidos cerró alrededor de 1868.

La calidad óptica: lo que ningún otro proceso ha logrado

Una cuestión técnica que merece especial atención es la resolución excepcional del daguerrotipo. Las partículas de amalgama que forman la imagen tienen un diámetro de entre 0,1 y 1 micrón, es decir, entre cien nanómetros y un micrón. Esto significa que la resolución efectiva de un daguerrotipo es de varios centenares de líneas por milímetro, superando con comodidad los mejores negativos de plata-gelatina del siglo XX y comparable, en términos de densidad de información, a las cámaras digitales de mayor resolución actuales.

Esta resolución extraordinaria se hace visible cuando se examina un daguerrotipo con una lente de alta potencia. En un retrato en formato cuarto de placa (aproximadamente 11×8 centímetros), es posible distinguir los poros de la piel, los hilos individuales de una tela, los caracteres de un texto impreso sostenido por el sujeto. Se cuenta que cuando Arago presentó los daguerrotipos de París ante la Academia de Ciencias, los academicos con lupas podían distinguir los adoquines individuales de las calles y las tejas de los tejados.

Marcus Aurelius Root
Marcus Aurelius Root

Esta calidad hace que los daguerrotipos sean, para los historiadores visuales, fuentes de información de un valor extraordinario. Las daguerrotipias de la Guerra México-Estados Unidos de 1846-1848 son los testimonios fotográficos más antiguos de un conflicto bélico, y su nivel de detalle permite a los historiadores militares identificar el equipo, las uniformes y el estado físico de los soldados con una precisión que los partes escritos nunca podrían aportar.

El daguerrotipo como objeto de arte y de coleccionismo

Durante más de un siglo, el daguerrotipo fue considerado principalmente un documento histórico o una pieza de interés para anticuarios especializados. La percepción ha cambiado de forma dramática en las últimas décadas.

Los grandes daguerrotipos de los maestros americanos del siglo XIX se cotizan hoy en las subastas más importantes por cifras que van de los miles a los cientos de miles de dólares. En 1999, un conjunto de daguerrotipos de Southworth y Hawes se vendió en Sotheby’s por más de 600.000 dólares. En 2022, el mercado de fotografía histórica continuó valorando los mejores ejemplares de daguerrotipo como piezas de arte fotográfico de primer orden.

Los museos más importantes del mundo —el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, el J. Paul Getty Museum de Los Ángeles, el Musée d’Orsay de París, el Victoria and Albert Museum de Londres— tienen colecciones de daguerrotipos de referencia y realizan exposiciones periódicas que atraen a un público amplio y diverso.

Lo que el coleccionista moderno busca en un daguerrotipo va más allá del mero documento histórico. La singularidad del objeto, esa cualidad de ser la única imagen existente de ese momento, ese rostro, esa calle, crea una relación emocional diferente a la que puede establecerse con una fotografía en papel de la que existen miles de copias. El daguerrotipo te mira, podría decirse, con la misma intensidad con que tú lo miras a él.

Conservación y restauración: los retos del tiempo

Los daguerrotipos son a la vez extraordinariamente duraderos y sorprendentemente vulnerables. La imagen en sí, formada por partículas metálicas sobre plata, puede durar siglos si se conserva en condiciones adecuadas. Existen daguerrotipos de 1840 que se conservan en estado prácticamente perfecto, con todos sus detalles intactos y su superficie brillante sin deterioro apreciable.

Pero bajo condiciones adversas, el deterioro puede ser rápido y devastador. Los principales enemigos del daguerrotipo son la humedad, los vapores de azufre y cloro presentes en el aire (especialmente en entornos urbanos industriales), la manipulación directa y la luz ultravioleta. El azufre reacciona con la plata formando sulfuro de plata, que aparece como un velo amarillo-marrón que se extiende desde los bordes hacia el centro de la imagen, oscureciendo primero las luces y finalmente cubriendo toda la placa.

La restauración de daguerrotipos deteriorados es una especialidad técnica y artística de gran complejidad. Los conservadores del Getty Conservation Institute han desarrollado técnicas de limpieza con plasma de gas —tecnología que usa campos eléctricos de alta frecuencia para generar un plasma de hidrógeno y argón que reduce los compuestos de sulfuro de plata sin tocar físicamente la imagen— que permiten recuperar daguerrotipos aparentemente perdidos. Es una tecnología de punta aplicada a objetos del siglo XIX, un encuentro fascinante entre épocas.

Las condiciones ideales de conservación incluyen temperatura de entre 10 y 15 grados centígrados, humedad relativa de entre el 30 y el 40%, protección contra contaminantes atmosféricos y embalaje en materiales neutros e inertes. Los daguerrotipos en sus estuches originales, correctamente sellados, han demostrado ser considerablemente más estables que los que han sido removidos de su packaging.

El renacimiento del daguerrotipo: artistas contemporáneos

Uno de los fenómenos más sorprendentes de la historia reciente de la fotografía es el renacimiento del daguerrotipo como práctica artística contemporánea. Desde los años ochenta y noventa del siglo XX, un número creciente de fotógrafos ha aprendido el proceso, ha reproducido los equipos necesarios o ha recuperado cámaras y accesorios del siglo XIX, y produce daguerrotipos como expresión artística deliberada y consciente.

Las razones son múltiples y reveladoras. En un mundo saturado de imágenes digitales infinitamente reproducibles y de existencia efímera, el daguerrotipo ofrece todo lo contrario: unicidad radical, presencia física, permanencia y una calidad visual que ningún proceso digital ha logrado superar. Cada daguerrotipo contemporáneo es una declaración implícita sobre el tiempo, la materia y el valor de lo irrepetible.

Entre los artistas contemporáneos que trabajan con daguerrotipo destaca el americano Chuck Close, que usó el proceso para una serie de retratos monumentales de gran formato que expusieron en galerías de todo el mundo. O Jerry Spagnoli, que documentó el atentado del 11 de septiembre de 2001 con cámara y daguerrotipo desde su estudio en Manhattan, produciendo imágenes únicas de ese momento histórico. O la francesa Joanna Vestey, cuyas daguerrotipias de comunidades africanas y asiáticas combinan la tecnología del siglo XIX con una sensibilidad documental contemporánea.

El proceso sigue siendo peligroso —el mercurio no ha dejado de ser tóxico— y exige una inversión considerable en equipamiento, materiales y tiempo de aprendizaje. Quizás por eso los daguerrotipistas contemporáneos no son muchos, pero su comunidad es apasionada, técnicamente sofisticada y artísticamente ambiciosa.

El daguerrotipo y la filosofía: imagen, tiempo y muerte

Desde el mismo momento de su aparición, el daguerrotipo generó reflexiones que iban mucho más allá de la técnica o del comercio. La capacidad de fijar la imagen de una persona viva planteaba preguntas que no tenían precedente.

El escritor Edgar Allan Poe, que por cierto es uno de los sujetos más célebres del daguerrotipo americano —existen varios daguerrotipos de él, tomados entre 1847 y 1849, que constituyen las únicas imágenes conocidas de su rostro—, reflexionó sobre el nuevo invento en un ensayo publicado en 1840. Poe veía en el daguerrotipo la más perfecta representación de la naturaleza posible, superior a cualquier pintura por su fidelidad absoluta al modelo. «En la exactitud matemática de sus detalle», escribía, «el daguerrotipo debe ser considerado el triunfo de la ciencia sobre el arte.»

Pero también se percibió desde el principio algo inquietante en la tecnología. Los daguerrotipos post-mortem —retratos de personas fallecidas, tomados inmediatamente tras el fallecimiento como único modo de preservar la imagen de alguien que había muerto sin ser fotografiado— fueron un género importante y popular durante todo el período de vigencia del proceso. Los fotógrafos eran llamados urgentemente a lechos de muerte para capturar una imagen antes de que el cuerpo cambiara. Los niños muertos, en particular, eran fotografiados con frecuencia: en una época en que la mortalidad infantil era devastadora, el daguerrotipo ofrecía a las familias la única imagen que tendrían jamás del hijo o hija perdida.

El filósofo y crítico cultural Walter Benjamin, en sus textos de la década de 1930 sobre la fotografía y la reproducción técnica de la obra de arte, no trabajó específicamente con el daguerrotipo, pero sus reflexiones sobre el «aura» de la obra de arte única se aplican con una exactitud asombrosa. Un daguerrotipo tiene aura en el sentido benjaminiano de forma más completa que casi cualquier otro objeto fotográfico: es irrepetible, está ligado a un aquí y ahora concretos, lleva en sí mismo la presencia de un momento ya desaparecido.

Roland Barthes, en «La cámara lúcida», su ensayo sobre la fotografía publicado en 1980, habla del «punctum» de la imagen fotográfica, ese detalle que te golpea, que atraviesa la imagen y te alcanza directamente. Los daguerrotipos, con su resolución extrema y su singularidad, son particularmente propicios para el punctum: ese botón de manga apenas visible, esa expresión en el rabillo del ojo de alguien que lleva muerto ciento ochenta años.

La semioticista y escritora Susan Sontag, en «Sobre la fotografía», de 1977, reflexionó sobre cómo toda fotografía es, en algún sentido, un certificado de muerte: la imagen congela un instante que ya no volverá. En el daguerrotipo, esta cualidad es extrema. No solo el instante ha muerto; el proceso ha muerto, la cámara ha muerto, el estudio ha muerto, el daguerrotipista ha muerto. El daguerrotipo es un nudo en el tiempo, un punto donde el siglo XIX y el presente se tocan.

Influencia en la cultura y el arte posteriores

La huella del daguerrotipo en la cultura visual de los siglos posteriores es tan profunda que resulta casi invisible, integrada como está en los supuestos básicos de nuestra manera de ver.

La pintura del siglo XIX cambió radicalmente a partir de 1839, aunque los historiadores debaten en qué medida el daguerrotipo fue causa o síntoma de esa transformación. Los pintores realistas del realismo académico usaron fotografías como material de referencia desde muy pronto. Los impresionistas desarrollaron en parte su estética de captura del instante, del movimiento y de la luz cambiante como respuesta al reto que planteaba la fotografía: si la máquina podía reproducir la realidad con exactitud inhumana, ¿qué papel quedaba para el pincel? La respuesta fue explorar lo que la fotografía no podía capturar: la subjetividad, la emoción, la interpretación.

El cine, cuando apareció a finales del siglo XIX, era en muchos sentidos el daguerrotipo en movimiento: el sueño de capturar el tiempo hecho realidad no ya en un único instante congelado, sino en la sucesión fluida de los instantes. Louis Lumière, cuyo apellido significa «luz», era heredero directo de Daguerre en un sentido que va más allá de lo metafórico.

Y la fotografía digital contemporánea, con su capacidad para producir millones de imágenes de calidad extraordinaria a coste prácticamente nulo, es paradójicamente el polo opuesto del daguerrotipo en términos de unicidad y rareza, pero comparte con él el impulso fundamental: fijar la luz, detener el tiempo, conservar lo que de otro modo se perdería.

Los daguerrotipos que cambiaron la historia

Hay daguerrotipos que tienen, más allá de su valor estético, una importancia histórica de primer orden.

Mathew Brady
Mathew Brady

Los daguerrotipos de Mathew Brady y sus colaboradores del período anterior a la Guerra Civil americana —retratos de senadores, presidentes, escritores, abolicionistas, esclavos liberados— constituyen el testimonio visual más completo de los años que precedieron al mayor conflicto de la historia americana.

Los daguerrotipos de la misión Daguerreian Society in Egypt, realizados en 1839 y 1840 por el fotógrafo enviado por Daguerre en persona, el óptico Noël Paymal Lerebours, incluyen algunas de las primeras imágenes del Gran Templo de Karnak, los colosales de Abu Simbel y las pirámides de Gizeh. Son, en varios casos, las primeras imágenes que los occidentales vieron de estos monumentos, y contribuyeron enormemente al furor por el Egipto antiguo que caracterizó la cultura europea del siglo XIX.

El daguerrotipo de la Mesa de negociación del Tratado de Guadalupe Hidalgo, tomado en 1848 al final de la guerra entre México y Estados Unidos, es uno de los primeros documentos fotográficos de un evento diplomático de primer orden.

Y los daguerrotipos de la expedición al Ártico de 1845-1848 de John Franklin, aunque las placas tomadas durante la expedición se perdieron con el barco y sus tripulantes, forman parte de la mitología fotográfica y exploratoria del siglo XIX.

Cómo identificar y datar un daguerrotipo

Para los coleccionistas y aficionados a la fotografía histórica, identificar y datar un daguerrotipo es un arte en sí mismo que combina conocimientos químicos, históricos y estéticos.

El aspecto más básico es el reconocimiento de la placa metálica: los daguerrotipos brillan como espejos y muestran la imagen cambiante según el ángulo de observación. La imagen no está en papel ni en vidrio, sino en la superficie de la plata.

El estuche es una guía cronológica importante. Los estuches más antiguos, de 1839 a 1845 aproximadamente, son de cuero negro con interior de terciopelo y sencillas esquinas de metal. Los estuches de la segunda mitad de la década de 1840 incorporan pads interiores más elaborados y cierres de mayor sofisticación. En la década de 1850 se popularizan los estuches de gutta-percha —un material precursor del plástico— con relieves ornamentales complejos.

El «passe-partout» o ventana interior a través del que se ve la imagen también permite la datación: los formatos se estandarizaron y cambiaron a lo largo del período. El formato «whole plate» (21×27 cm), el «half plate» (11×14 cm), el «quarter plate» (8×11 cm) y el «sixth plate» (7×8 cm) son los más comunes, pero existen variantes locales.

La ropa y el peinado de los sujetos son, como siempre en la datación de fotografías antiguas, uno de los indicadores más fiables. Los expertos en moda victoriana pueden datar un retrato daguerrotípico con una precisión de dos o tres años basándose únicamente en el corte del cuello de un vestido o en la forma de la corbata de un caballero.

El daguerrotipo hoy: ciencia, arte y memoria

En el siglo XXI, el daguerrotipo ocupa un lugar paradójico: es simultáneamente obsoleto y de una modernidad radical. Obsoleto porque ningún estudio comercial lo usa, porque su proceso es peligroso e ineficiente en comparación con las alternativas digitales, porque producir un único daguerrotipo lleva más tiempo y esfuerzo que fotografiar mil objetos con una cámara digital.

Y sin embargo, radicalmente moderno en su rechazo implícito de la lógica de la reproducción ilimitada, en su insistencia en la singularidad del instante, en su apertura a la textura física de los materiales y el tiempo. Los daguerrotipistas contemporáneos trabajan con plena conciencia de estas tensiones, y sus obras —exhibidas a veces junto a impresiones digitales o proyecciones de video— exploran de manera explícita la diferencia entre las distintas temporalidades fotográficas.

Las universidades y centros de conservación más importantes mantienen programas de investigación sobre el daguerrotipo. El Instituto de Conservación de Colecciones del Museo de Historia Natural de Washington, el Getty Conservation Institute en Los Ángeles o el École nationale supérieure Louis-Lumière en Francia investigan tanto las técnicas históricas como los métodos modernos de conservación y restauración.

Y en la era de la inteligencia artificial y la imagen sintética, cuando resulta imposible saber si una fotografía es real o generada por un algoritmo, el daguerrotipo se yergue como el polo opuesto de esa incertidumbre: es la prueba más directa, más física, más irrefutable del contacto entre la luz y la materia. Es la imagen como huella química de lo real.

La plata y la luz

Louis Daguerre murió en 1851, doce años después del día que cambió la historia de la imagen. Murió sin haber ganado el juicio que interpuso contra varios fabricantes de equipos fotográficos que usaban sus patentes sin permiso —ya que el gobierno francés había cedido el proceso al público pero no le había transferido a él los derechos comerciales—, con una reputación enorme pero sin la fortuna que su invento generó para otros. Fue enterrado en el cementerio de Bry-sur-Marne, donde vivió sus últimos años. Hay una estatua suya en la plaza del ayuntamiento del pueblo.

Jean-Baptiste Sabatier-Blot, Louis Daguerre
Jean-Baptiste Sabatier-Blot, Louis Daguerre

Niépce, el inventor olvidado, el hombre sin cuyo trabajo paciente y metódico Daguerre no habría tenido nada sobre lo que construir, lleva el nombre de una luna de Saturno: Niépce Lacus, un lago de metano congelado en Titán. No está mal para alguien que soñaba con capturar la luz.

El daguerrotipo fue el primero, el más radical y en muchos sentidos el más hermoso de los procesos fotográficos. Fue la tecnología que enseñó a la humanidad a verse a sí misma con los ojos del tiempo, que hizo posible que el rostro de un esclavo del siglo XIX se encontrara con la mirada de un visitante de un museo en el siglo XXI, que permitió por primera vez que los grandes y los humildes, los poderosos y los anónimos, quedaran registrados con la misma inexorable fidelidad de la química y la luz.

Cada daguerrotipo es un espejo de plata que se ha convertido en ventana. Y a través de esa ventana, si uno sabe mirar, puede ver algo que ninguna otra tecnología ha logrado todavía: el mundo tal como era, antes de que supiéramos que lo estábamos perdiendo.

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David García-Amaya

Me llamo David García-Amaya. Soy fotógrafo y divulgador de la fotografía en redes sociales. Llevo años compartiendo conocimiento, análisis y referencias para ayudar a otras personas a entender la fotografía con criterio, más allá de la técnica y del equipo.

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