Saul Leiter: el fotógrafo que eligió la belleza cuando el mundo elegía el ruido

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Hay fotógrafos que gritan. Que irrumpen en la escena como un puño sobre la mesa, que agitan conciencias, que sacuden al espectador con imágenes de una brutalidad calculada o un dramatismo deliberado. Y luego está Saul Leiter. Un hombre que caminaba despacio por las mismas cuatro manzanas de su barrio en Nueva York, que fotografiaba gotas de lluvia en cristales empañados, paraguas amarillos medio ocultos entre la niebla, sombras que se fundían con reflejos, transeúntes anónimos cuyas caras nunca llegamos a ver.

Un fotógrafo que eligió susurrar cuando todos gritaban. Y que, décadas más tarde, cuando el mundo por fin se detuvo a escuchar, resultó que lo que había susurrado era uno de los corpus fotográficos más hermosos y revolucionarios del siglo XX.

La historia de Saul Leiter es, en muchos sentidos, la historia de un hombre que nunca necesitó que le dijeran lo bueno que era. Eso, paradójicamente, es lo que le hizo grandísimo.

Saul Leiter
Saul Leiter

De Pittsburgh a Nueva York: la huida del rabino y el hallazgo del artista

Saul Leiter nació el 3 de diciembre de 1923 en Pittsburgh, Pensilvania, en el seno de una familia judía ortodoxa de clase media. Su padre, Aaron Leiter, era uno de los rabinos más respetados e influyentes de la ciudad, un hombre de letras sagradas y convicciones firmes que tenía trazado el camino de su hijo con la misma precisión con que se trazan los versículos del Talmud. Saul estudiaría teología. Saul se convertiría en rabino. Saul perpetuaría el legado familiar. Eso no estaba en discusión, o al menos eso pensaba su padre.

Pero ocurrió algo. Dos cosas, para ser exactos. La primera fue su madre, que cuando Saul tenía doce años le regaló una cámara Detrola. Una pequeña cámara de juguete, por llamarla de alguna manera, pero suficiente para despertar en el niño algo que los textos sagrados no podían satisfacer: el deseo de ver. La segunda fue la pintura. Saul descubrió los pinceles con la misma naturalidad con que un pez descubre el agua, y durante su adolescencia desarrolló una sensibilidad visual que iba mucho más allá de lo que cualquier seminario teológico podía contener.

En 1943, con veinte años, Leiter ingresó en el Seminario Teológico Hebreo de Cleveland para cumplir con el designio paterno. Pero ya era demasiado tarde. El arte había echado raíces demasiado profundas. Tres años después, en 1946, tomó una decisión que rompió con todo lo que su padre representaba: cogió sus cosas y se marchó a Nueva York. No para estudiar teología avanzada ni para perfeccionar el hebreo. Sino para pintar. Para vivir como artista. Para ver qué pasaba.

Su padre nunca lo perdonó del todo. Saul Leiter nunca se arrepintió.

Nueva York en 1946 era una ciudad que hervía de creatividad. El expresionismo abstracto estaba naciendo en los estudios de la ciudad, el jazz moderno resonaba en los clubes del Village, y una generación de artistas hambrientos definía lo que sería la cultura americana del siglo XX. En ese contexto, Leiter conoció a Richard Pousette-Dart, uno de los pintores expresionistas abstractos más interesantes del momento, que por aquel entonces exploraba también la fotografía como medio. Fue Pousette-Dart quien introdujo a Leiter en el círculo de W. Eugene Smith, el legendario fotoperiodista, que a su vez le presentó a Robert Frank, William Klein y Diane Arbus. En otras palabras: Leiter aterrizó en el epicentro de lo que más tarde se conocería como la Escuela de Fotografía de Nueva York.

Lo curioso es que, a diferencia de sus nuevos colegas, Leiter nunca adoptó el estilo visceral y anguloso que los definiría. Mientras Frank retrataba una América incómoda y Klein atacaba las calles con una agresividad casi punk, Leiter miraba la misma ciudad y veía otra cosa completamente distinta. Veía poesía. Veía pintura. Veía color.

El color como subversión: cuando nadie lo hacía, Leiter ya lo hacía

Para entender la magnitud de lo que Saul Leiter hizo con el color, hay que situarse en el contexto histórico con precisión. En la fotografía artística de los años 40 y 50, el color no existía como medio serio. El color era para la publicidad, para las portadas de las revistas de cocina, para los catálogos de moda. Cualquier fotógrafo que aspirara a ser reconocido como artista trabajaba en blanco y negro. Punto. La fotografía en blanco y negro era sinónimo de verdad, de documentalismo, de arte con mayúsculas. El color era kitsch. El color era comercial. El color era, en el mejor de los casos, decorativo.

En 1948, Saul Leiter empezó a fotografiar en color.

No lo hizo porque nadie se lo dijera. No lo hizo porque existiera ningún movimiento que legitimara esa decisión. Lo hizo porque su instinto de pintor le decía que el mundo, el mundo real que él veía cada mañana al asomarse a las calles del East Village, era un mundo en color. Y mentir sobre eso, reducirlo a grises, le parecía una forma de traición a la realidad que él quería capturar.

Utilizaba película Kodachrome de 35mm, a menudo caducada, lo cual daba a sus imágenes una paleta ligeramente desaturada, pastel casi, que paradójicamente las hacía parecer más pictóricas que fotográficas. No era un efecto buscado a través de ningún artificio técnico. Era simplemente lo que resultaba de combinar sus paseos por el barrio, su ojo educado en la pintura y una película que llevaba meses o años esperando ser usada.

Saul Leiter
Saul Leiter

Las fotografías que produjo en esa época son, ahora lo sabemos, revolucionarias. Pero en su momento prácticamente nadie las vio. Edward Steichen, director del departamento de fotografía del MoMA, sí las vio. En 1953 incluyó veintitrés fotografías en blanco y negro de Leiter en la exposición Always the Young Strangers. Y en 1957 seleccionó veinte de sus imágenes en color para una proyección titulada Experimental Photography in Color en el mismo museo. Eso fue todo. Un par de guiños institucionales y después, silencio durante décadas.

La ironía de la historia es que cuando, en los años 70, se empezó a hablar de los «pioneros de la fotografía en color», los nombres que aparecían eran los de William Eggleston, Stephen Shore, Joel Meyerowitz. Leiter no estaba en esa lista. No porque su trabajo fuera inferior, sino porque su trabajo estaba guardado en cajones. Mientras Eggleston publicaba y exponía, Leiter fotografiaba y archivaba. Sin ningún plan de carrera. Sin ningún impulso de reconocimiento. Simplemente porque fotografiar era lo que hacía.

Tendría que llegar el año 2006 para que el mundo se diera cuenta de que la historia de la fotografía en color tenía que ser reescrita.

Nueva York desde el porche de casa: el territorio de Leiter

Una de las características más fascinantes de la obra de Saul Leiter es su radicalidad geográfica. La inmensa mayoría de sus fotografías personales fueron tomadas en un radio de unas pocas manzanas alrededor de su apartamento en el East 10th Street del East Village, en Manhattan. No viajó al sur profundo a documentar la segregación racial como Frank. No recorrió el país en busca del alma americana. No fue a la guerra. No fotografió a los grandes de la política ni a las estrellas del espectáculo. Fotografió lo que tenía delante. Literalmente.

Esta autolimitación geográfica, que podría parecer una restricción, fue en realidad una fuente de riqueza inagotable. Obligado a mirar siempre el mismo territorio, Leiter afinó su visión hasta extremos extraordinarios. Aprendió a ver diferente lo que veía siempre igual. Aprendió a encontrar la fotografía donde nadie la habría buscado: en un charco que refleja un letrero de neón, en la silueta difuminada de alguien caminando bajo la nieve, en la geometría casual de dos paraguas que se cruzan en una esquina.

Su relación con el barrio era casi mística. No salía a «hacer fotos». Salía a caminar, a observar, a estar presente en el tejido ordinario de la ciudad. Y la cámara era solo el instrumento para dejar constancia de lo que su ojo ya había visto antes de apretar el disparador.

En este sentido, Leiter compartía algo con los maestros zen que tanto admiraba. La cultura japonesa ejerció sobre él una influencia profunda y duradera. Le fascinaba la idea del arte como resultado de una presencia plena, de una atención sostenida a lo que hay, sin dramatizar, sin forzar. Sus fotografías tienen esa calidad meditativa. No te gritan. Te invitan a detenerte.

La técnica como extensión de la filosofía

Para comprender cómo Saul Leiter hacía sus fotografías, hay que entender antes cómo pensaba. Y cómo pensaba venía directamente de su formación como pintor. Leiter nunca dejó la pintura. Toda su vida pintó en paralelo a su trabajo fotográfico, y esa doble práctica condicionó absolutamente su manera de mirar a través del visor.

Un pintor piensa en términos de superficie, de planos, de relaciones entre colores, de ambigüedad espacial. Un pintor sabe que lo que está en primer plano puede ser tan importante como lo que está en el fondo, y que la relación entre ambos es lo que crea el significado. Leiter trasladó todo esto a la fotografía con una coherencia asombrosa.

Sus herramientas técnicas más características eran varias. La primera era el teleobjetivo, que usaba con una frecuencia inusual para un fotógrafo de calle de su época. Mientras sus contemporáneos privilegiaban los angulares cortos que les permitían meterse en la acción, estar cerca, llenar el encuadre con presencia humana, Leiter se alejaba. Disparaba desde la distancia. Y el teleobjetivo, al comprimir los planos, creaba esa sensación de aplastamiento espacial, de capas superpuestas, que es tan característica de su obra y que recuerda enormemente a la perspectiva plana de la pintura japonesa tradicional.

La segunda herramienta era el vidrio. Leiter fotografiaba a través de ventanas constantemente. Ventanas empañadas por el vapor, mojadas por la lluvia, cubiertas de vaho del frío. El vidrio filtraba la realidad, la suavizaba, la transformaba en algo entre lo documental y lo onírico. Una figura humana vista a través de un cristal empañado deja de ser una persona concreta para convertirse en una mancha de color con forma humana. Una calle mojada vista desde una ventana alta se convierte en un cuadro abstracto.

La tercera herramienta eran los reflejos. Los escaparates, los charcos, los espejos, las superficies metálicas: todo lo que pudiera multiplicar la realidad, doblarla, superponerla sobre sí misma. Leiter encontraba en los reflejos una especie de metáfora visual de cómo funciona la percepción: nunca vemos la realidad directamente, siempre la vemos refractada, mediada, filtrada por algo.

Y luego estaba el color en sí mismo. Leiter no usaba el color para describir. Lo usaba para crear estados de ánimo, para establecer relaciones, para construir significado. Un paraguas rojo en la niebla blanca no es solo un objeto rojo; es un punto de calor en un mundo frío, una presencia solitaria en la multitud anónima. Un taxi amarillo medio oculto entre sombras azules no es solo un vehículo; es la tensión entre la luz artificial y la oscuridad natural que define la experiencia urbana.

Sus composiciones eran, con frecuencia, casi abstractas. Los sujetos humanos, cuando aparecían, raramente eran el punto focal de la imagen. Aparecían de espaldas, de perfil, cortados por el borde del encuadre, ocultos bajo sombreros o paraguas. Leiter no estaba interesado en la identidad de las personas. Estaba interesado en su presencia como elementos de una composición visual. Como manchas de color y forma dentro de un cuadro más amplio.

Como él mismo dijo: «Me gusta cuando uno no está seguro de lo que ve. Cuando no sabemos por qué el fotógrafo ha tomado una foto y cuando no sabemos por qué la estamos mirando, de repente descubrimos algo que empezamos a ver. Me gusta esta confusión.»

El fotógrafo de moda que jamás vendió su alma

Mientras Saul Leiter acumulaba en silencio un archivo personal de decenas de miles de imágenes, tenía que pagar el alquiler. Y para eso, desde finales de los años 50 hasta bien entrados los 70, trabajó como fotógrafo de moda. Un trabajo que muchos en los círculos artísticos consideraban menor, comercial, indign de un artista serio. A Leiter eso le traía sin cuidado.

En 1958, el director de arte Henry Wolf publicó su trabajo en Esquire, y a partir de ahí las puertas de las grandes publicaciones se abrieron. Harper’s Bazaar, Elle, British Vogue, Nova, Show, Queen: todas ellas publicaron las fotografías de moda de Leiter durante dos décadas. Y hay que decir que esas fotografías de moda no eran convencionales. Eran, inconfundiblemente, fotografías de Saul Leiter. La misma sensibilidad por el color, los mismos encuadres atrevidos, la misma voluntad de hacer del sujeto un elemento dentro de una composición más amplia. En sus fotografías de moda, los vestidos importaban, claro, pero importaban también la luz que entraba por la ventana, el color de la pared del fondo, la sombra que proyectaba el cuello del abrigo sobre el suelo.

Fue también durante estos años cuando Leiter desarrolló otro aspecto de su obra: los retratos íntimos de mujeres. No como fotografía de moda, sino como colaboraciones personales, trabajos casi privados en los que las mujeres de su vida, amigas, compañeras, musas, posaban en ambientes domésticos. Estas imágenes, publicadas mucho más tarde en libros como In My Room y Women, tienen una calidad de intimidad y ternura que contrasta con la frialdad aparente de su fotografía callejera. Son quizás los trabajos en los que Leiter se muestra más vulnerable.

Paralelamente a todo esto, Leiter nunca dejó de pintar. Su estudio en el East Village estaba lleno de lienzos, bocetos, experimentos. La pintura era para él un laboratorio sin restricciones, un espacio donde probar cosas que luego, quizás, trasladaba a la fotografía. O que simplemente existían por su propio valor, sin ningún propósito ulterior.

El largo eclipse y el redescubrimiento tardío

Durante los años 70 y 80, Saul Leiter prácticamente desapareció del radar artístico. No publicó. No expuso. Vivió en su apartamento, fotografió sus calles, pintó sus cuadros y escuchó a Vivaldi. El mundo de la fotografía siguió su camino sin él, y él siguió el suyo sin el mundo de la fotografía.

En los años 90 empezó a surgir un interés renovado por su trabajo, principalmente a través de la Howard Greenberg Gallery en Nueva York, que comenzó a exponer y comercializar sus imágenes. Pero fue en 2006 cuando ocurrió algo que cambiaría su posición en la historia de la fotografía para siempre.

Ese año, con la ayuda del historiador del arte Martin Harrison y de la Howard Greenberg Gallery, se publicó Early Color, una colección de sus fotografías personales en color de las décadas de los 40, 50 y 60. El impacto fue, no hay otra palabra, sísmico. Para la comunidad fotográfica, descubrir esas imágenes fue como descubrir un continente que creías que no existía. Aquí estaba un fotógrafo que, décadas antes de que nadie hablara de fotografía en color como arte, estaba haciendo imágenes que superaban en sofisticación y belleza a casi todo lo que se había producido desde entonces.

Saul Leiter
Saul Leiter

La publicación de Early Color obligó a replantear la narrativa establecida sobre la fotografía en color americana. Se había contado que todo empezó con Eggleston en los 70. Y de repente aparecía Leiter con imágenes de los años 40 y 50 que hacían lo mismo, y quizás más. No para reclamar crédito que no le habían dado, eso le importaba poco, sino como prueba de que la historia del arte siempre tiene más capas de las que creemos.

La respuesta institucional fue inmediata. El Museo de Arte de Milwaukee organizó la primera exposición de sus fotografías en un museo americano. En 2008, la Fundación Henri Cartier-Bresson en París le dedicó su primera exposición europea. En 2012, los Deichtorhallen de Hamburgo le consagraron una retrospectiva completa. El fotógrafo que había pasado décadas en la sombra se encontró de pronto en el centro de los focos.

Con ochenta y tantos años, Saul Leiter miraba todo esto con su característica mezcla de humor y desapego. No porque no le importara, sino porque siempre había sabido que el reconocimiento y el valor de una obra son cosas completamente distintas. El valor de su obra no había cambiado. Solo habían cambiado los ojos que la miraban.

«In No Great Hurry»: el último retrato de un maestro

En 2013, el director británico Tomas Leach terminó de rodar un documental sobre Saul Leiter titulado In No Great Hurry: 13 Lessons in Life with Saul Leiter. El título, que podría traducirse como «Sin mucha prisa: 13 lecciones de vida con Saul Leiter», lo dice todo sobre el protagonista.

El documental es una de las mejores películas sobre fotografía jamás realizadas, no porque explique técnicas ni desentrañe misterios, sino porque captura algo mucho más raro y valioso: la manera de estar en el mundo de un artista genuino. Leiter aparece en su apartamento lleno de libros y pinturas, habla con una inteligencia tranquila sobre el arte, la fama, la belleza, el paso del tiempo. Es un hombre que ha hecho exactamente lo que quería hacer y que no siente la necesidad de justificárselo a nadie.

Cuando le preguntaban por la fama, respondía que nunca le había abrumado el deseo de ser famoso. Que había algo en él, quizás heredado del rechazo paterno, que lo empujaba a evitar el éxito antes que a buscarlo. Que prefería escuchar música japonesa o preparar espaguetis a las tres de la madrugada que preocuparse por su legado.

Cuando le preguntaban qué le interesaba fotografiar, respondía con sencillez que le interesaban las gotas de lluvia en las ventanas más que los famosos. Que le interesaba la belleza ordinaria, sin grandes pretensiones.

El documental se estrenó en noviembre de 2013. Saul Leiter murió el 26 de noviembre de 2013, pocas semanas después, en su apartamento del East Village. Tenía 89 años. Murió sin haber visto la película terminada. O quizás eso no importaba tanto. La película que le importaba de verdad era la que él llevaba décadas filmando en las calles de su barrio.

El archivo inmenso: 40.000 diapositivas y el trabajo de la memoria

Cuando Saul Leiter murió, dejó un legado material de proporciones casi inabarcables. Se estima que dejó más de 40.000 diapositivas en color, la mayoría de las cuales nunca habían sido impresas ni vistas por nadie más que él. Cuatro décadas de imágenes acumuladas en cajones, en cajas, en carpetas. Un archivo que era en sí mismo una especie de poema de dedicación y constancia.

La tarea de catalogar, preservar y dar a conocer ese archivo recayó en Margit Erb, amiga íntima de Leiter durante sus últimos años, y en su marido Michael Parillo. Juntos fundaron la Saul Leiter Foundation, cuya misión es exactamente esa: mantener vivo el legado del artista, publicar las imágenes que aún no se conocen, organizar exposiciones, colaborar con editoriales y museos de todo el mundo.

El trabajo de la fundación ha dado como fruto varios libros fundamentales. Además del ya citado Early Color (2006), se publicó Saul Leiter (2007), una monografía más amplia que incluye tanto el trabajo personal como el comercial. En 2008 apareció Saul Leiter: Black and White, demostrando que incluso en el territorio del monocromo, Leiter era capaz de producir imágenes de una belleza sobrecogedora. En 2014, Steidl publicó la edición de dos volúmenes Saul Leiter: Early Black and White, que reunía sus primeras fotografías en ese formato.

Pero quizás el libro más emocionante del período póstumo fue The Unseen Saul Leiter (publicado por Thames & Hudson), que recoge setenta y seis imágenes nunca antes publicadas, cuidadosamente seleccionadas del inmenso archivo por Margit Erb y Michael Parillo. Cada una de esas imágenes es una revelación: demuestran que la calidad del trabajo de Leiter no era un accidente ni el resultado de una selección muy depurada de entre unos pocos aciertos, sino la expresión de una visión absolutamente consistente, aplicada durante décadas con una dedicación silenciosa y constante.

En 2023, con motivo del centenario del nacimiento de Leiter, la editorial RM publicó Saul Leiter. 100 años, un volumen que combina fotografías inéditas con hojas de contacto, cuadernos de bocetos y fragmentos de sus diarios personales. Es quizás el documento más completo y revelador sobre el artista: no solo muestra su obra, sino su proceso, sus dudas, su manera de pensar en imágenes.

El legado invisible: cómo Leiter cambió la fotografía sin que nadie lo supiera

Hay una paradoja fascinante en la influencia de Saul Leiter. Durante décadas, influyó en la fotografía sin que casi nadie supiera que existía. Sus imágenes circulaban entre coleccionistas, aparecían en exposiciones minoritarias, eran conocidas por unos pocos iniciados. Pero el lenguaje visual que había desarrollado, el color como experiencia poética, el encuadre fragmentado, la ambigüedad espacial, el sujeto humano como elemento de composición más que como protagonista, todo eso fue siendo absorbido por generaciones de fotógrafos que quizás no sabían siquiera su nombre.

Cuando Early Color se publicó en 2006 y el mundo fotográfico lo descubrió de golpe, muchos fotógrafos jóvenes tuvieron una experiencia extraña: sentir que alguien había puesto en imágenes algo que ellos intentaban hacer sin saber exactamente qué era. Leiter era una influencia retroactiva. Demostraba que lo que parecía moderno había existido siempre, guardado en cajones en un apartamento del East Village.

Saul Leiter
Saul Leiter

Hoy, la influencia de Leiter es incuestionable y explícita. Su manera de usar el color, de componer con capas y reflejos, de encontrar la belleza en lo ordinario sin romantizarlo en exceso, está presente en el trabajo de miles de fotógrafos de todo el mundo. En Instagram, en los portafolios de fotografía callejera contemporánea, en las escuelas de fotografía, Leiter es citado constantemente como referencia esencial.

Pero quizás lo más valioso de su legado no es técnico ni estético. Es filosófico. Saul Leiter demostró que se puede vivir como artista sin necesitar la validación del mundo. Que se puede pasar décadas haciendo un trabajo extraordinario en la oscuridad, no como acto de renuncia sino como acto de libertad. Que el reconocimiento y el valor de una obra son cosas completamente distintas, y que confundirlas es el error más costoso que puede cometer un artista.

Como él dijo una vez, con esa precisión casual que tenía para las frases: «Pasé gran parte de mi vida siendo ignorado, pero fui feliz así. Ser ignorado es un gran privilegio. Así aprendí a ver que los otros no ven y a reaccionar de manera diferente. Simplemente contemplaba el mundo sin esperar nada en concreto.»

La fotografía de Leiter frente a sus contemporáneos: una genealogía propia

Para situar correctamente a Saul Leiter dentro de la historia de la fotografía, vale la pena trazar con cuidado las líneas que lo acercan y lo alejan de sus contemporáneos más famosos.

Con la Escuela de Nueva York comparte el territorio y el período histórico, pero no la estética ni la actitud. Mientras Robert Frank diseccionaba el sueño americano con una mirada crítica y a menudo cruel, Leiter encontraba en las mismas calles algo cercano a la gracia. Mientras William Klein atacaba la ciudad con una energía casi agresiva, Leiter se retiraba, se distanciaba, miraba desde lejos. Mientras Diane Arbus buscaba la rareza y la marginalidad humana, Leiter buscaba la normalidad y la encontraba extraordinaria.

Con Henri Cartier-Bresson comparte la búsqueda de la composición perfecta y el instante revelador, pero no el método. Cartier-Bresson era el cazador, el hombre que esperaba el momento decisivo con la paciencia del felino. Leiter era más bien el paseante, el hombre que no buscaba el momento sino que lo encontraba sin haberlo buscado.

Saul Leiter
Saul Leiter

Con los grandes coloristas que le siguieron, Eggleston y Shore principalmente, comparte el territorio del color como lenguaje artístico, pero no la manera de habitarlo. La fotografía de Eggleston tiene una dimensión épica, casi mítica, del sur americano; la de Shore tiene una frialdad distante y conceptual. La de Leiter tiene calor. Tiene intimidad. Tiene, si se quiere usar una palabra que él nunca habría usado, amor.

Lo más cercano que se puede encontrar a Leiter en términos de sensibilidad son quizás los maestros del impresionismo y del postimpresionismo pictórico: Bonnard, Vuillard, los intimistas franceses de principios del siglo XX que encontraban en los interiores domésticos y en las escenas cotidianas una riqueza visual y emocional que no necesitaba de grandes temas ni grandes gestos. Leiter era el fotógrafo de lo que está cerca, de lo que está siempre delante de los ojos y que por eso precisamente no se ve.

Citas de Saul Leiter: pensar con imágenes y hablar con palabras

Una de las cosas menos conocidas de Saul Leiter es que, además de fotógrafo y pintor, era un pensador notable. Sus entrevistas, sus cuadernos personales, sus conversaciones grabadas, revelan a un hombre con una inteligencia especial para articular lo que normalmente no puede articularse: la experiencia de ver.

Algunas de sus frases son tan densas como sus fotografías:

«Puede que sea anticuado, pero creo que existe la búsqueda de la belleza, el deleite en las cosas bonitas del mundo. Y no creo que uno deba disculparse por ello.»

Esta frase, pronunciada en los últimos años de su vida, es en realidad una declaración de guerra suave contra todo un modo de entender el arte contemporáneo que exige que la belleza se justifique, que se ironice, que se cargue de concepto para ser legítima. Leiter no ironizaba. Leiter miraba y decía: esto es hermoso. Fin.

«No tengo una filosofía. Tengo una cámara.»

Dicho así, parece humildad. Pero hay algo más en esa frase. Hay la convicción de que la cámara es un instrumento de conocimiento más honesto que cualquier sistema de pensamiento. Que ver precede a saber, y que quien pretende tener una filosofía antes de mirar quizás nunca aprenda a ver.

«He disfrutado de tener libros, mirar cuadros y tener a alguien en mi vida que me importase y a quien le importase. Daba más importancia a eso que a la idea de tener éxito.»

Esta frase resume una vida. Leiter eligió la riqueza interna sobre la externa, la profundidad sobre la amplitud, la belleza cotidiana sobre el reconocimiento público. Y el resultado fue, paradójicamente, una de las obras fotográficas más grandes del siglo XX.

Saul Leiter
Saul Leiter

«Estaba más fascinado por las gotas de lluvia en la ventana que por tomar una foto de una persona famosa.»

Que alguien rechazara ser fotografiado por Annie Leibovitz, como hizo Leiter, dice mucho. Pero que lo rechazara no por desdeñar su trabajo, sino porque en ese momento había una ventana con gotas de lluvia que le parecía más interesante, dice todo.

Las obras clave: una guía para acercarse a su obra

Para quienes se acercan por primera vez a la obra de Saul Leiter, existe una pequeña bibliografía esencial que conviene conocer.

Early Color (2006, Steidl) es el libro fundacional, el que cambió la historia. Reúne sus mejores fotografías en color de los años 40, 50 y 60. Es un libro que te puedes pasar horas mirando sin cansarte, y que cada vez que lo abres por una página al azar encuentras algo que no habías notado antes.

Saul Leiter (2007) es la monografía más amplia, que incluye trabajo personal y comercial y permite ver la coherencia de su visión a través de todos los géneros que practicó.

Saul Leiter: Black and White (2008) es la respuesta a quienes pensaban que Leiter era solo el fotógrafo del color. Sus imágenes en blanco y negro tienen la misma profundidad compositiva, la misma capacidad para encontrar geometría donde otros ven caos.

The Unseen Saul Leiter (2014, Thames & Hudson) es el libro de las imágenes que nadie había visto. Setenta y seis fotografías del archivo que demuestran que incluso lo que él descartó habría bastado para hacer la carrera de otro.

Saul Leiter. 100 años (2023, RM) es la retrospectiva del centenario, la más completa y documentada, con material de archivo que permite entender al artista desde dentro.

Y luego está el documental In No Great Hurry (2013), que es quizás la manera más directa de acercarse a Leiter como persona. Verlo es pasar hora y media en compañía de alguien extraordinariamente inteligente, sereno y sabio.

Por qué Saul Leiter importa hoy, más que nunca

Vivimos en un tiempo de sobreproducción visual. Cada segundo se suben a las redes millones de imágenes. Todo el mundo tiene una cámara en el bolsillo. La fotografía como práctica se ha democratizado completamente, lo cual es maravilloso, pero también ha producido algo paradójico: nunca ha habido tantas imágenes y nunca ha sido tan difícil ver.

En este contexto, Saul Leiter importa más que nunca. No como técnica a imitar, aunque su técnica sea imitable y muchos la imiten. Sino como actitud frente al acto de fotografiar.

Saul Leiter
Saul Leiter

Leiter fotografiaba despacio. Fotografiaba cerca de casa. Fotografiaba lo que veía sin necesitar que fuera espectacular. No fotografiaba para publicar, ni para ganar seguidores, ni para construir una marca. Fotografiaba porque el mundo le parecía hermoso y quería dejar constancia de esa hermosura.

Esa actitud, que en su época parecía excéntrica o incluso irresponsable desde el punto de vista profesional, hoy parece profética. En un mundo que exige velocidad, novedad, impacto inmediato, la fotografía de Leiter propone exactamente lo contrario: lentitud, profundidad, acumulación paciente de miradas sobre el mismo territorio.

La lección más grande de Saul Leiter no está en sus fotografías. Está en la forma en que las hizo. Está en la manera en que vivió. Está en que pasó décadas haciendo un trabajo magnífico sin que casi nadie lo viera, y que eso nunca le impidió seguir haciéndolo. Que cuando el reconocimiento llegó, al final de su vida, lo recibió con la misma calma con que había recibido el olvido.

Eso no es solo fotografía. Eso es una forma de entender la existencia.

Conclusión: el hombre que sabía mirar

Saul Leiter no necesitó grandes escenarios ni grandes gestos. No necesitó viajar al fin del mundo ni fotografiar catástrofes ni retratar a los poderosos. Le bastó con salir a la calle de su barrio, con levantar la vista hacia una ventana empañada, con detenerse ante un charco que reflejaba las luces de la ciudad. Con ver lo que todos veían y transformarlo, a través de su mirada excepcional, en algo completamente distinto.

Dejó más de 40.000 imágenes que aún están siendo descubiertas. Dejó pinturas que nunca recibieron toda la atención que merecían. Dejó frases que suenan como fotografías. Y dejó, sobre todo, el ejemplo de una vida dedicada al arte con una integridad silenciosa y absoluta.

En un mundo que confunde el volumen con la importancia, Saul Leiter fue la demostración de que lo más extraordinario puede ocurrir en voz muy baja, a pocas manzanas de casa, entre la lluvia y el vapor de un día ordinario en Nueva York.

Hay fotógrafos que gritan. Y luego está Saul Leiter. Que susurró durante décadas cosas que aún hoy no terminamos de escuchar.

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David García-Amaya

Me llamo David García-Amaya. Soy fotógrafo y divulgador de la fotografía en redes sociales. Llevo años compartiendo conocimiento, análisis y referencias para ayudar a otras personas a entender la fotografía con criterio, más allá de la técnica y del equipo.

David García Amaya

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